El Programa del pensamiento prosocial en la gestión y solución de conflictos

17 enero, 2012

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Desde hace más de diez años, la investigación sobre el modelo cognitivo (llamado en la adaptación española “el pensamiento prosocial”) ha mostrado resultados sustanciales en la prevención y el tratamiento de la conducta antisocial y las habilidades interpersonales entre adolescentes. Los estudios en EEUU, Canadá, Gales, Escocia y España (así como también en otros países en los que partes esenciales de este programa se han validado) indican que el hecho de mejorar las capacidades y habilidades socio­cognitivas es una buena manera de ayudar a evitar la desadaptación personal y social, y por consiguiente un modelo adecuado para resolver conflictos interpersonales. El objetivo último del programa es dotar de competencia social a los adolescentes.

En este sentido, la competencia social es el concepto que actualmente engloba las perspectivas educativas más modernas relativas al ámbito de la integración social, y por consiguiente, en lo relativo a la prevención del fracaso personal y social. Con el término “competencia” nos referimos, generalmente, a un patrón de adaptación efectiva al ambiente. En un sentido amplio, tal adaptación se define como el éxito razonable en alcanzar las metas del desarrollo propias a la edad y a su género en una cultura determinada. En un sentido más restringido se refiere al éxito en un dominio del desarrollo determinado, tal como el rendimiento escolar, la buena integración social entre los compañeros, etcétera.

Pero la competencia resulta de una serie de complejas interacciones entre un individuo y su entorno .Tal ambiente, qué duda cabe, puede favorecer o disminuirla. Por ejemplo, se puede mejorar el funcionamiento de un niño hasta el límite superior a través del apoyo y orientación proporcionados por un adulto. Contrariamente, un niño capaz puede que fracase si su medio no le permite las suficientes oportunidades para la acción. Es el caso, por ejemplo, de aquellos padres que no se preocupan por desarrollar las capacidades de sus hijos, o bien lo someten a una privación emocional –o incluso física­que produce retrasos en su proceso madurativo.

De lo anterior se desprende que el desarrollo de la competencia requiere de múltiples niveles de intervención, como los esfuerzos dirigidos a cambiar las capacidades del adolescente; las oportunidades de los contextos o lugares en los que el joven se desarrolla, en especial el ambiente de la familia y de la escuela; o el logro de un mejor ajuste entre un adolescente y su contexto.

Lo cierto es que la competencia social ayuda al sujeto a desarrollarse en aquellas áreas que aseguran un adecuado ajuste personal y social, de tal manera, que la adaptación surgirá como resultado de poseer y poner en práctica un conjunto de características consideradas social y culturalmente como positivas: ser tolerante, autónomo, seguro emocionalmente, solidario, respetar las normas y valores sociales, en definitiva, conductas prosociales de cooperación.

Lo contrario de esto, es decir, carecer de estas dimensiones básicas, sitúa al individuo en una posición de clara desventaja académica, vocacional y social, lo que a su vez incrementa el riesgo de futuros desajustes personales y sociales. De hecho, al revisar la literatura sobre los factores de riesgo del comportamiento violento y el fracaso escolar, encontramos que muchos de ellos están relacionados con un retraso en el desarrollo socio-cognitivo (Reiss y Roth, 1993; Rodríguez y Paíno, 1994; López y Garrido, 2000; Alba, 2007).

Sin embargo, más que asumir que el retraso cognitivo sea la causa directa del fracaso personal y la conducta antisocial, planteamos que la capacidad cognitiva sirve de protector contra los mismos, tal y como han demostrado los estudios sobre factores protectores (Garrido y López, 1995): hay niños que consiguen evitar la delincuencia y otros comportamientos desajustados a pesar de los condicionantes adversos que les rodean, y parte de esta “resistencia” parece estar relacionada con poseer un conjunto de habilidades de cognición social (planificación, generación de soluciones alternativas a los problemas, y pensamiento de medios-fines). Las habilidades cognitivas, por tanto, pueden ayudar a los individuos a enfrentarse a presiones ambientales o personales hacia el comportamiento antisocial, y a relacionarse con su ambiente de forma más adaptada.

Así pues, junto al concepto de competencia destaca con insistencia otra idea que ha ayudado de modo extraordinario en los últimos años de investigación a perfilar el contenido y dirección de los programas preventivos. Se trata del fenómeno de los “niños resistentes o resilientes” o “niños invulnerables”. La importancia para la prevención de los niños resistentes radica en que si somos capaces de aislar los aspectos más esenciales que cualifican la resistencia, podríamos elaborar programas de prevención en ambientes hostiles al desarrollo (incidencia elevada de fracaso escolar, consumo de drogas, altas tasas de delitos, pobres servicios sociales, etcétera.) intentando inocular en las personas y en los medios aquellos aspectos considerados críticos para promover la invulnerabilidad ante los conflictos interpersonales, la violencia o cualquier otra conducta desadaptada.

En definitiva, este programa fue diseñado en parte para enseñar a los jóvenes a responder a la multitud de conflictos que inevitablemente experimentarán durante su lucha por afrontar sus nuevas necesidades psicológicas y sociales, al igual que en su batalla por obtener un reconocido estatus como adultos independientes. Estos jóvenes tienen frecuentemente conflictos con los adultos, con sus compañeros, sus hermanos y con ellos mismos.

Además, es probable que hayan elegido modos poco eficaces de resolver y afrontar tales conflictos. Por ejemplo, muchos jóvenes han sido sobreexpuestos a adultos e ídolos adolescentes que presentan modelos inapropiados de responder a los conflictos.

Por esta razón, el programa persigue introducir a los adolescentes en una aproximación alternativa de resolver conflictos, esto es, se trata de enseñar a los jóvenes como aplicar la mayoría de las habilidades de Resolución de Problemas que les enseña el programa. De este modo, serán capaces de resolver las situaciones conflictivas de un modo prosocial mediante una alternativa al modo argumentativo, beligerante, hostil y abrasivo, que han usado en el pasado.

La perspectiva que recomendamos es aquella que hemos desarrollado basándonos en la amplia literatura sobre los modos de reducir conflictos en escuelas, negocios, tribunales, así como en disputas internacionales.

La relevancia de las habilidades prosociales, emocionales y cognitivas, está avalada por el estudio de la violencia entre estudiantes de primaria y secundaria, estudio realizado por Daniel Lockwood, Crawford y Bodine, (1992). Lookwood demostró que en la mayoría de los incidentes violentos (un acto realizado con la intención percibida de injuriar a otra persona), el primer paso implica poca violencia, pero ésta va aumentando progresivamente.

Este autor concluyó que reducir la ocurrencia de conductas iniciales parece ser la perspectiva más prometedora para prevenir la escalada de la violencia. Además, es decisivo el hecho de que los jóvenes aprendan las habilidades de manejar conflictos de manera prosocial. Así, podrán ponerlas en marcha tan pronto como encuentren un conflicto.

En definitiva, el Programa del pensamiento prosocial puede ayudar a todos aquellos técnicos educativos desde diferentes ámbitos de la integración a conseguir que los adolescentes y jóvenes se “vacunen” frente a los estresares vitales que pueden impedir un adecuado manejo de sus habilidades interpersonales en la solución de los conflictos, y todo ello, mediante el entrenamiento en habilidades cognitivas, conductuales y emocionales que les ayudarán a manejarse adecuadamente en su extorno más cercano.

Autor: José Luis Alba Robles.

“Director de la Sociedad Española contra la Violencia”. Profesor de Psicología Criminal, Universidad de Valencia.